martes, 9 de septiembre de 2008

"Las comparaciones son odiosas..."

Bueno, sí, los sueños, sueños son. Alguna vez, por ejemplo, Paul McCartney irrumpió en el ámbito de los míos, para llevar a cabo una visita relámpago a un pueblo cercano. Recuerdo haberlo visto enfundado en un abrigo negro, en compañía de otros cuatro o cinco individuos, también trajeados de negro, que parecían ser miembros de algo así como una comitiva.

Tras una exhaustiva ronda por calles medio polvorientas, el grupo departió bajo una carpa pública en la cual se servían platos locales y carnes a la brasa. Una multitud se agolpó para observarlos en el acto de comer. Al cabo del almuerzo, los forasteros asumieron a pie la vía principal y desaparecieron en la distancia, por entre unas montañas rocosas en las que abundaba un parque automotor conformado por camionetas del tipo 4 x 4. En verdad, aquel sueño parecía más un comercial de Toyota o un videoclip que una vivencia onírica.

El sueño de esta vez se trasladó a una taberna bávara de Medellín, donde varios contertulios deliberaban alrededor de un tema singularmente ocioso y extravagante: las irreconciliables diferencias históricas, culturales, sociales y políticas que puedan existir entre Antioquia y Suiza.

"Eso es como comparar el carácter rústico de una cuchara de palo con la posibilidad relativa de que haya vida inteligente en Urano", dijo con sorna uno que parecía ser estudiante universitario. "¡Nada que ver!", remarcó el comensal.

Otro de los asistentes pretendió ser aún más punzante y más certero en cuanto a la ninguna afinidad que puedan tener dos cosas: "Yo diría que es como tratar de buscarle el denominador común al ataque de tos de un anciano en Malasia y al impredecible futuro de las acciones del petróleo en la Bolsa de Frankfurt. En verdad, no hay ninguna correlación. Lo mismo ocurre entre sí con Antioquia y Suiza".

De modo contrario y con manifiesta mordacidad, otro de los presentes observó que, aunque mínimas, sí existían similitudes. A manera de ejemplo, citó cómo en el nombre de Antioquia hay la "i", la "u" y la "a", vocales todas presentes en la denominación de Suiza. Tamaña apología dejó medio aburrido al auditorio, que esperaba, si no un gracejo de mayor vuelo, al menos nada de tan escaso calibre.

Cada vez más insólitas, propuestas de corte similar siguieron a las anteriores, hasta cuando los por lo menos ochenta asistentes al lugar entraron todos en la sintonía del tema, que se había iniciado a partir de la presencia de Kurt, un joven ingeniero suizo de paso por Medellín y de novia antioqueña, a quien el extranjero había conocido en Zurich, también en una taberna.

Desde un rincón del establecimiento se alzó una voz para proponer la exaltación de ciertos contrastes entre las dos regiones. "Aquí, por ejemplo, la gente acostumbra a tomar chocolate al desayuno, acompañado de arepas", afirmó el proponente, antes de preguntar: "¿Cómo es la tradición del chocolate allá en Suiza?". A lo cual el joven helvético explicó que la mayor acogida y comercialización de este producto en su país la tienen las presentaciones en dulcería y confitería. "En particular", relató Kurt, entre la timidez y el orgullo, "hay un bocado exquisito, conocido como Zimtschokolade torte", que luego tradujo como torta de canela y chocolate.

------------------------------ Escudo de Suiza
---------------------------- Escudo de Antioquia

"En cambio, a mi modo de ver, hay un elemento bien común", ironizó a su vez un cliente que parecía ser bastante perspicaz. "Miren las formas de los escudos de Antioquia y de Suiza", arguyó, mientras se dirigía hacia un costado de la barra donde estaban ambos íconos, uno encima del otro. "¿No son idénticas?", insistió. "¡Ah, bueno, algo tenemos igual! Por lo menos el molde de los escudos es el mismo".

Irritada por considerarlo tema tan baladí, una joven trató de atenuar las deventajas históricas y circunstanciales de la tierra de las arepas frente al imperio de la precisión relojera, para lo cual recurrió a la información de internet en su Black-Berry. Gracias a ello, pudo demostrar cómo el área de la primera es por lo menos mayor que el segundo: 63.612 kilómetros cuadrados contra 41.258 de la Confederación Helvética, lo cual, en verdad, tampoco alcanzó relevancia ninguna en la confrontación de ideas.

Poco después, un señor entrado en años, que espontáneamente asumió el rol de moderador y que pretendió reorientar el debate, puso de presente que mientras Antioquia ha sido escenario histórico de la violencia desde sus más diversos orígenes hasta sus más sofisticadas expresiones, ha correspondido precisamente a Suiza, país emblemático en asuntos de neutralidad, jugar un destacado papel de mediador y facilitador en el largo conflicto colombiano.

"¡Así es! Y no confundamos, porque mucho va de lo montañero a lo alpino", esgrimió una de las asistentes, cuyo estilo denotaba cierta alcurnia, pero también cierta apatía hacia lo vernáculo de la entraña paisa. "Aquí la gente apenas come cuajada, que es un quesito todo lambido, escuálido y carente de gracia. Para colmo, lo envuelven en hojas de plátano. Allá, en cambio, se llevan a la mesa, muy bien ornada, quesos como el Appenzel, el Bagnes, el Bellelay o Tête de Moine, el Gruyère o el Vacherin, que ofrecen una calidad gurmet incomparable". Dicho esto, se oyeron altisonantes voces en contrario, salpicadas de una que otra procacidad, que calentaron el ambiente.

"¡Las cosas de la historia!", terció la voz solidaria de una matrona que destacaba también por su porte y por su rostro enrojecido al sentir la necesidad de intervenir en la controversia. "Uno dice Guillermo Tell, y de inmediato lo asocia al episodio de la manzana partida por su ballesta sobre la cabeza de su pequeño hijo y a Suiza. Ese fue un héroe legendario, famoso por su valentía y por su puntería. Al mismo tiempo, uno cita el nombre de Pablo Escobar, y por reflejo piensa en esa Colombia socialmente loba, pero sobre todo violenta y a la vez horrorizada y destrozada por el narcoterrorismo, que redujo a polvo manzanas enteras en las ciudades. Eso es muy triste, muchachos, que el hombre que más daño le hizo a este país siga siendo como una especie de ícono nacional para la Historia y ante el mundo".

No terminaba la expositora su intervención, cuando una profusión de chispas acompañadas de un tableteo ronco decretó un silencio terminal en el recinto. "¡Las comparaciones son odiosas! Bueno, si no lo sabían, ¡ya lo saben, cabrones!", observó con desdén un hombre rollizo que encabezaba un grupo de cinco que impertérritos tomaron camino hacia la calle por encima de una montonera de cabezas desgonzadas, de miradas sin horizonte, de brazos, manos, troncos y piernas reducidas de facto a la inercia de los maniquíes. Así, ya con mínimos vestigios de plomo, se daban a la fuga las cinco ametralladoras que acallaron aquel debate tan inocuo, que nunca debió haberse planteado, y sobre todo tan lejos de Suiza...

sábado, 2 de agosto de 2008

El SS-K2 o la vida misma...


El rigor estadístico de la FIFA impone que fueron 107.403 los delirantes espectadores que el domingo 21 de junio de 1970 atiborraron el aforo —hasta entonces inagotable— del Estadio Azteca para celebrar como propia la tercera conquista del Campeonato Mundial de Fútbol por la inigualable Selección de Brasil. También con el orgullo de haber sido espléndidos anfitriones, aquella explosión de locura feliz era apenas un botón de muestra, pues, como una pandemia, la fiesta trascendió desde Chiapas hasta California, Arizona y Texas, es decir, desbordó el mapa de México.
Aquel domingo histórico, cuando en plena vuelta olímpica El Rey Pelé era llevado en andas e investido ciudadano mexicano gracias apenas a un sombrero de charro que un espontáneo le caló, Benito Valdez, de 12 años, miembro del privilegiado séquito de recogebolas de la final ítalo-brasileña, alcanzó a experimentar la muerte al quedar engarzado entre las aspas de la turba que asaltaba el campo.

A los 14, este benjamín de una familia de pepenadores —voz nahua que en México designa el oficio del rebusque entre la basura— volvería a forcejear con la parca tras caer de un vagón de carga atestado de buscadores del sueño americano en el recorrido nocturno de Agua Prieta (Sonora) a Pirteville (Arizona).

Sin padres —que en el mismo empeño habían naufragado en el Río Bravo— y ahora con la pierna derecha mutilada, Benito Valdez cojeó pero llegó a la tierra prometida a sus seis hermanos, que a despecho suyo eran más proclives a la resignación que a la temeridad.

Ya en el lado norte de la brecha entre ilusión y realidad por explorar, el muchacho fue escalando en el nivel de supervivencia. De todero, repartidor de diarios, empacador, cajero de tienda minorista, matarife, auxiliar de plomería y pizzero, entre otros oficios, ascendió hasta la supervisión de un gran casino en Henderson (Nevada), donde conocería los gajes de la codicia y de la lujuria. Acostumbrado en aquel universo de espejos y de espejismos a ver rodar fortunas, un buen día Valdez amaneció millonario. Una apuesta de pocos dólares lo hacía acreedor al premio de la Lotto.
Con el mundo virtualmente a su alcance, Valdez no sólo consumaría un aplazado matrimonio, sino que, en lo posible, se daría a la tarea de reivindicar su pasado de privaciones y sus utopías más relevantes, como las de ser centro delantero de un club profesional. Así como desde los cinco años militó en las huestes de los pepenadores, y treinta después era un peso pesado entre los inversionistas de bolsa, ya no era tan casual el cartelito colgado en una pared de su estudio con vista al mar en Boca Ratón (Florida): Ahora sólo tengo tiempo para vivir. Entonces, adquirió el Super Soccer K2. Se trataba de un juego de computadora irrepetible. Vía internet, sólo los magnates podían jugar el futbolístico pasatiempo, cuya fantasía era la realidad.

Los internautas del común podían acceder al invento en determinados horarios, pero apenas en calidad de observadores o para formular preguntas. Por supuesto, aquel juego no se basaba en las convencionales figuritas animadas ni en parámetros por el estilo. Para hacerse a una idea más aproximada, vale decir que al rompe de los sentidos aquella creación era de sobra y en todo aspecto impredeciblemente mucho más natural —o naturalmente mucho más impredecible— y más verosímil que cualquier otro proyecto lúdico de su género.

Desde luego, en términos de realismo de imagen el SS-K2 era con creces más fiel y más verídico que un espejo, el cual, de hecho, es apenas una simple referencia pasiva, superficial y sordomuda, que, para colmo, en condiciones de cero iluminación no presta ningún servicio. Subordinado sin remedio a la dirección y a la intensidad de la luz, a la localización del sujeto y además a su propia posición, naturaleza y tamaño, el espejo no sólo se debe a las apariencias, sino que las refleja de manera exactamente inversa a la real. De antemano, un espejo sin un testigo no es más que un simple vidrio cuyo primitivo mérito radica en las propiedades reflectivas del barniz de cromo.
Entre tantas y tan excitantes propiedades, el SS-K2 tenía de sobrecogedor desde la resolución misma de pantalla, pasando por el realismo de los ambientes, la profundidad de campo, la prolijidad en las proporciones, las formas, las texturas, el volumen, la densidad y el movimiento, los matices del color, la perfección de la luz y sus niveles de degradación, etc., hasta la enorme fidelidad del sonido, lo cual sumado a las bondades sensoriales que brindaba aquella tecnología era como una suerte de paraíso para la conciencia.

Ya en un ámbito más bien enciclopédico —concebido precisamente para satisfacer incluso las dudas y las verificaciones más morbosas— una de las maneras fehacientes de poner a prueba la infalible configuración de cada elemento en la pantalla del SS-K2 consistía en la opción técnica de ampliar quinientas mil o mil millones de veces la imagen de un objetivo escogido al azar, y explorarlo hasta quedar demostrado científicamente que éste respondía a su real estructura molecular.
Mediante este procedimiento —un clic tras otro clic— verbi gracia, un cabello o una pestaña de cualquiera de los miles de espectadores o de los futbolistas cibernéticos podía observarse al detalle microscópico sobre la forma de su filamento, la fina conformación externa de la correspondiente epidermis, con sus respectivos niveles de escleroproteína o queratina, su propio color e irrepetible constitución del folículo piloso, etc. Así, de un plumazo —en verdad, de un clic— el SS-K2 hacía alarde de una aplastante superioridad sobre la tecnología de punta más ambiciosa y más adelantada.

Del laberinto de posibilidades planteado dentro de la estructura del SS-K2, los aspectos que aquí pretenden realzarse corresponden apenas a la meticulosa configuración anatómica de protagonistas y espectadores, pero también al profundo respeto por la arquitectura —incluso por la ingeniería, la topografía, etc., y por todas las disciplinas afines al urbanismo, a la geografía, así como a la Historia, para no abundar ahora en el universo de la realidad— cuando se trataba de ahondar en los incontables estadios reales, incluidos sus entornos verdaderos, todos ellos incorporados al sistema, y a los cuales podía vérseles desde perspectivas inexploradas o inimaginables.

No menos especial atención merecen factores tales como la cuidadosa articulación y la dinámica de movimiento de futbolistas, público y hasta de la policía presente en el espectáculo, así como las inspiraciones coreográficas en las tribunas, tanto como el respectivo ordenamiento táctico de los antagonistas en escena, que necesariamente variaba según la circunstancia y el rival, etc. Hasta el infinito cibernético, sólo era cuestión de disfrutar de las prerrogativas del SS-K2.
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Verdadero embrujo causaba este pasatiempo al reproducir al dedillo los fenómenos naturales y las situaciones de rutina, de inminencia o de casualidad: el impacto del viento al arrebatarle la gorra a una muchacha o al rasgar una bandera, la formación de las rodajas concéntricas que la llovizna produce sobre un charco, el sofoco de un hincha por efecto del calor, las mismísimas lesiones oculares que al propio usuario del SS-K2 podía causarle la incandescencia del Sol, la languidez en la evolución de las nubes, la ocasional soledad de un globo en las alturas, las campanadas de una torre, el paulatino desplome de la tarde con su renovable mosaico de siluetas, los tenues cambios de posición de la Luna, las diversas manifestaciones del otoño según el país, o, como ocurrió alguna vez en la cancha virtual del Standard de Lieja: la súbita presencia de un gato sobre el tablero electrónico.

Estos e incontables pormenores, especificidades y generalidades, al igual que asuntos ocasionales, ordinarios o fortuitos, eran enriquecidos por el Super Soccer K2 con un tratamiento equivalente a la más suntosa producción de televisión jamás vista.

Sin embargo, lo verdaderamente alucinante del asunto estribaba en la euridición y la creatividad de los padres japoneses del SS-K2 al infundirle a su producto desde los más comunes y los más simples hasta los más complejos rasgos del comportamiento individual y colectivo de los hombres cuando estos viven y mueren por la causa del gol.

Ante la imposibilidad de definir mejor la naturaleza y la forma de interacción de todos y cada uno de estos seres con su entorno —que, como en la vida real, estaban signados por un destino propio— habrá que conformarse con decir que, en verdad, pertenecían a un mundo virtualmente virtual.

Así, por ejemplo, aunque en materia de estadios la gran mayoría de escenarios ofrecía el servicio de ambulancia, regularmente en el Super Soccer K2 aparecía un vehículo de tal naturaleza, de modelo, marca, matrícula y equipamiento rigurosamente únicos, con su casi siempre diligente personal médico y paramédico. La secuencia en la pantalla bien podía registrar las más diversas reacciones del público y de ambos bancos cuando, valga la suposición, un jugador se retorcía en el suelo, agredía a un árbitro o, simplemente, cuando erraba un penalty.
Detalle bastante singular del programa consistía en que no necesariamente todas las víctimas ni todos los victimarios del juego brusco reaccionaban siempre de la misma manera. Al tiempo que desde diversos ángulos de la escena se repetía la jugada en cuestión, el respectivo diagnóstico aparecía en un titilante y sonoro aviso a un costado del monitor: Luis Figo, No. 13, Club Internazionale de Milán (Italia). Inflamación severa de la articulación interfalángica del pie izquierdo. Incapacidad: 3 juegos. En el supuesto caso del artillero portugués, su estampa y naturaleza respondían, obviamente, a sus verdaderos patrones genéticos y futbolísticos, incluidos, claro está, sus altibajos. La convalecencia de un jugador podía tomar semanas o meses de tiempo real en que permanecía bloqueado en la memoria del SS-K2.

En el orden disciplinario, desde una tarjeta amarilla hasta la suspensión de una plaza, el procedimiento informático daba cuenta de las penalizaciones del caso, aunque muchas de ellas —ya por laxitud, ya por sobredosis de rigor— no siempre eran del todo proporcionales a la naturaleza de las conductas punibles. Este margen de subjetividad reflejaba, precisamente, las veleidades de la condición humana a la hora de impartir justicia.

Ni se diga cuando nevaba o cuando llovía, y sobre todo cuando el escenario no contaba con adecuados sistemas de drenaje, como en Riga (Letonia) o en Maldonado (Uruguay), donde el campo podía llegar a convertirse en un verdadero aguazal. En tales condiciones, los actores de la contienda resbalaban y forcejeaban con mayor dificultad y vehemencia, algunos se despeinaban, unos cuantos maldecían, sus uniformes se enlodaban de manera paulatina, etc., todo ello casi siempre en desmedro del espectáculo.

No obstante el precepto natural de la victoria, de cuando en cuando ciertos protagonistas caían en estados extremos de ansiedad, apatía, abatimiento, agresividad... A este último propósito, a veces el clima escénico era susceptible de llegar a niveles tales de exacerbación, que el árbitro --en el SS-K2 había silbatos de todos los talantes, etnias y nacionalidaes-- podía inclusive suspender un partido por falta de garantías. Una decisión en tal sentido bloqueaba automáticamente el programa.
Por cuenta de tan arrolladora naturalidad del SS-K2, no faltaban los equipos, por lo general suramericanos, que se empeñaban en matar tiempo, en discutir cada fallo arbitral, en refugiarse en su propia zona o en dedicarse a despachar sistemáticamente la pelota hacia las tribunas, además de otros artificios para asegurar un empate, para evitar una goleada o apenas para amañarse en una ventaja irrisoria.

Tan ceñido a lo previsible como a lo fortuito de la vida real era el SS-K2, que en alguna ocasión, al cabo de la finalísima virtual de la Copa Europea de Clubes Campeones, Ajax vs. Liverpool en Amsterdam, hubo graves disturbios y dos espectadores murieron en pleno estadio. Las víctimas fatales —ambas holandesas— resultaron ser un mozalbete embestido con arma blanca y un adulto tiroteado con una pistola Mäuser de 6.35 milímetros, de acuerdo con la información proporcionada por el sistema.

Con la computadora a punto del colapso, los trágicos instantes fueron repetidos una y otra vez en cámara lenta y desde varios planos de la escena. Unos veinte minutos después, los rostros del par de agresores y sus prontuarios aparecían de frente y de perfil en un recuadro titilante de la pantalla, mientras otra ventana del monitor mostraba las armas homicidas. Según la computadora, los asesinos eran dos de los hooligans más buscados inclusive por creadores y por ingenieros cibernéticos de por lo menos tres versiones anteriores del Super Soccer K2.

Con tamaño antecedente, durante los tres años siguientes al episodio la opción return game o de la revancha les fue imposible de acceder a los usuarios del videojuego. A este propósito, una de las grandes jaquecas de la casa productora del SS-K2 era la proliferación del pandillismo, especialmente en los links relacionados con las plazas de Norte, Centro y Suramérica. En forma periódica, los expertos se veían en verdaderos apuros para sortear el fenómeno, mediante la creación herramientas más eficaces en materia de antivirus, filtros y otros mecanismos para enfrentar la barbarie en sus más diversas expresiones.

En otro de los tantos ítems, y como para no dejar cabos sueltos, después de cada partido había también pruebas antidopaje para dos jugadores por bando, que eran escogidos al antojo por los usuarios enfrentados en el SS-K2. Así como un resultado positivo en la muestra implicaba la inhabilitación del jugador comprometido, también era potestad del usuario afectado apelar al recurso de la contramuestra mediante el lleno y sustentación de una plantilla en la web, y esperar el fallo hasta por quince días. El control antidopaje se había hecho imperativo ante la escalada de crackers —versión perversa de los hackers, aficionados a las computadoras que intentan superar nuevos retos— que trabajaban a sueldo de los magnates de este pasatiempo, para obtener ventajas competitivas a través de ciertos futbolistas, e inclusive de algunos árbitros de Suramérica y de África.
El SS-K2 programaba conferencias de prensa con traducción simultánea. A cargo de los usuarios y opcionalmente de quienes estuvieran contectados por internet, las preguntas eran por completo al azar y podían formularse por reconocimiento de voz o mediante texto. Los indagados contestaban sin repetir jamás una respuesta, ni porque adrede se les planteara un mismo interrogante a una misma situación. Algunos alardeaban, otros prometían resarcir a su hinchada después de una derrota, había monosílabos, titubeos, humoradas y hasta procacidades.

Los actores del SS-K2, que desde luego tenían su propio ADN —comprobable con un clic— sonreían, lloraban, bostezaban, tosían, estornudaban. Por supuesto, eran susceptibles de exasperarse o de arrepentirse o, al cabo de los 90 minutos, de intercambiar la camiseta con el adversario.

Así mismo, el SS-K2 no eximía a sus protagonistas de los efectos de la edad, según el paso de los años reales quedaba en evidencia a través del encanecimiento o de la progresiva pérdida de cabello, la aparición de líneas de expresión, de unos kilos de más o simplemente del declive en su desempeño deportivo. Un estrepitoso aviso a un costado del monitor, sustentado con el correspondiente récord, anunciaba el adiós de un jugador o de un técnico. Redunda decir que éstos desaparecían de la memoria del programa.

Propio de las ilimitadas sutilezas del SS-K2 es bien recordado el episodio sobre el estallido de un alboroto sin antecedentes en casa de los Valdez después del pavo en una noche de Acción de Gracias. Semejante escandalera, que no tardaría en contagiar a todo el vecindario, fue motivada por los jugadores de la base de datos del Club Panathinaikos, de Atenas.
Enfundados en sus trajes de calentamiento, los futbolistas del trébol en el escudo vociferaban y agitaban toda suerte de pancartas en el camerino, bajo la consigna de no salir al campo para enfrentar al AEK por el título de la primera división de Grecia. Ante la incredulidad de los testigos de excepción, incluida la misma policía que había llegado atraída por el jaleo en aquel exclusivo sector de Boca Ratón, los móviles del conflicto, según transcribió el SS-K2, eran unos premios que las directivas del equipo ateniense adeudaban al plantel.

Agotadas las prerrogativas del copioso menú que ofrecía tan asombroso videojuego, via internet la familia Valdez recurrió de urgencia al proveedor. Sin embargo, allí los más diestros asesores, presa de un estado de ambivalencia que oscilaba entre el bochorno y el orgullo, no pegaron los párpados, y al amanecer se declararon humana y técnicamente incapaces de resolver el problema.

Tres semanas más tarde, y ante casi un centenar de fenéticos vecinos de Boca Ratón hacinados frente a una pantalla gigante dispuesta de manera preeminente en el enorme patio trasero de los Valdez, el juego pudo llevarse a cabo. En efecto, desde la víspera y bajo los acordes de una música griega, la computadora venía reportando que, "tras arduas negociaciones", por fin los dirigentes del Panathinaikos habían logrado saldar tan embarazosa deuda.

viernes, 1 de agosto de 2008

Golden, con su música para siempre

Cuarenta y tantos años después de haber sido compuesta para el público juvenil de los años 60, cuando se convirtió en un himno generacional, la canción "Boca de Chicle", con la que Oscar Golden alcanzó la cima de la fama, se escuchó en la expresión musicalmente más insólita durante la multitudinaria despedida al cantante en Bogotá el pasado 30 de julio: En la versión lírica, a cargo de Víctor Hugo Ayala.

En medio del fervor popular que acompañó los funerales del ícono musical de la época, este solo hecho bastaría para dimensionar la trascendencia alcanzada por el intérprete de éste y de otros éxitos contenidos en 17 volúmenes de larga duración, como "Zapatos Pom Pom", "Dime, Dios", "Por qué Te Vas", "Marina" y "El Cacique y la Cautiva", que le valieron una colección de discos de oro y múltiples reconocimientos internacionales.

¿Qué más pertinente modo y justo motivo para decirle adiós al hombre que contagió de alegría y ritmo a Colombia y sus alrededores, que entonando sus canciones, como ahora lo hizo su audiencia antes, durante y después del funeral?

La evocación de toda una época se avino no sólo con su repertorio, sino, inclusive, con llamativas minifaldas, necesariamente negras para la ocasión, de unas cuantas de aquellas fans que lo siguieron, lo suspiraron y que ahora lo despedían, como Marina Grisales, hermana de la diva Amparo, y por entonces una de las integrantes del grupo coreográfico de Las Vitaminas, cuyas minúsculas prendas y contoneos desafiaron por aquellos tiempos de rigor y austeridad en el vestir de la generación que antecedía a la Nueva Ola.

El sentido adios a Óscar Golden convocó masivamente a todos los matices y actividades del mundo del espectáculo: Empresarios, presentadores de televisión, disc-jockeys, camarógrafos, locutores, periodistas, actores, humoristas, actrices, publicistas, microfonistas, ingenieros de sonido, cantantes de antes y de ahora, pero sobre todo a una multitud impresionante, cuya devoción y entrega al acto de despedida le robó la trascendencia a otros duelos y a otros muertos del día en los alrededores de la Capìlla de Cristo Rey. A juzgar por la desbordada manifestación popular, entre los más de cien ciudadanos que debieron expirar en esta urbe de casi nueve millones de almas, el único fallecido el miércoles 28 de julio pareció haber sido el intérprete de "Boca de Chicle".

Hecho previsible fue cómo, sin tiempo suficiente para preparar sus libretos o para documentarse sobre los revolucionarios alcances culturales de los años 60, muchos de los jóvenes reporteros enviados por las cadenas de radio y de la televisión para la cobertura en vivo de la ceremonia, se vieron a gatas para identificar a los muchos protagonistas de aquellos años, presentes en el funeral.

Dolientes de la segunda e inclusive ya de la tercera edad, que durante casi dos días se apostaron en la sala de velación y en los alrededores de la iglesia de Cristo Rey, al norte de Bogotá, se constituyeron en la mejor fuente de información de los reporteros para poder identificar y entrevistar a las estrellas del ayer, ya en el ámbito propiamente musical como del teatro, del cine, la TV o la radio.

Como si se tratara de un auténtico milagro, muchos de los personajes que el mundo de entonces creía desaparecidos, fueron saliendo de la penumbra rumbo al féretro, ante la sorpresa y la incredulidad de sus seguidores de otrora, ansiosos por obtener un autógrafo o una fotografía para la posterioridad. Entre aquellos ilustres hoy desconocidos, se contaron actores como Hugo Pérez, de 88 años y Fabio Camero, de 80, y el legendario animador de concursos Julio E. Sánchez Vanegas.

Rostros y protagonistas de carreras famosas, confundidos entre la multitud, fueron reconocibles apenas a fuerza de escucharse entre ellos mismos sus efusivos saludos de reencuentro, que hacían de viva voz, como los cantantes Víctor Hugo Ayala, Álex, Pablus Gallinazus —el autor de "Boca de Chicle"—, Harold, Luis Gabriel, Jesús David Quintana, Cristopher, Juan Nicolás Estela, el teclista Pacho Zapata y muchos otros que tienen su nicho propio en la historia musical y artística del país.

Lugar de preeminencia correspondió a Esperanza Acevedo, la muy popular Vicky, quien sin haber sido su esposa, acompañó a Golden hasta el último suspiro. Con desvelo de madre, hermana y mejor amiga, la cantautora e intérprete de éxitos como "Llorando Estoy" frenteó el drama final del ídolo con una abnegación y solidaridad reconocidos en la actitud del público presente, que no cesó de aclamarla y de requerirle autógrafos. Suerte ésta que en algo debió mitigar el duelo de "la marida", como le llamó siempre el ídolo desaparecido. Papel también relevante desempeñó el cantante Billy Pontoni, su amigo y partner de giras y conciertos.

El adjetivo dulce podría sonar algo frívolo o trivial para describir la voz melíflua de Isadora, pero en verdad más que dulce y sobrecogedora resultó su interpretación en los albores de la homilía, en la que terció el rumor de trueno de Víctor Hugo Ayala al ejecutar poco después el "Ave María". Fausto se hizo sentir con la "Oda de la Alegría", que acabó de conmover a los ya estupefactos feligreses.

A la salida de la capilla, el canto general reafirmó su homenaje con "El Cacique y la Cautiva". Delirantes, algunos espontáneos levantaron fotos, afiches y hasta el primer LP del ídolo ausente. Otros, más acuciosos, hicieron llover una tempestad de flashes sobre la apretada calle de honor hacia la plazoleta, donde lo aguardaba un imponente, extralargo. silencioso y exclusivo Mercedes Benz color vino tinto, diseñado para andar a 20 KPH y cuyo inevitable defecto de fábrica está en su caja de velocidades, pues carece —contraria o precisamente— de aquel mecanismo que sirve para poner en marcha la memoria de los fans: La reversa...

martes, 20 de mayo de 2008

Cero y van tres...

—¡Cero y van tres!, sentenció el coronel, mientras repetía una rutina de avanzar unos seis pasos y volver sobre ellos en su estrecho despacho de la comandancia de policía del barrio. Desde el suelo, que consistía en una placa de loza oscura y yerta, y sobre la cual yacía esposado y en cuclillas desde hacía dieciocho horas, el detenido apenas blanqueó la mirada para intuir la expresión enervada del oficial.

Por cinco veces consecutivas repicó el único teléfono del recinto, pero el coronel se abstuvo de contestar. "¡A ésa la echo hoy mismo a la calle!", murmuró el oficial, en concluyente referencia a Lucy, su secretaria, quien por vez primera en once años de servicio no llegaba con la puntualidad de las 8:00 a.m., ahora cuando el reloj instalado en lo alto de la pared andaba ya por las 8:05.

—¿Cómo me dijo que se llamaba usted?, inquirió el coronel a su interlocutor de ocasión, un indigente que había sido trasladado allí bajo sospechas de ser el individuo que, amparado en las sombras, solía defecarse a la vuelta de la esquina de la estación de policía en un deprimido sector de la ciudad.
—Oscar... Emilio..., mi... teniente…, repuso tardo y tembloroso el sindicado.
—¿Teniente, dijo? ¡Coronel, gran imbécil, c-o-r-o-n-e-l!, rectificó a voz en cuello el uniformado. "¿No le enseñaron a distinguir las insignias?".
—No, mi coronel..., contestó el arrestado, casi exánime, con una hebra de voz, sin atreverse siquiera a observar los ojos de su inquisidor, cuyas aparatosas botas con punta y tacón de acero reforzado producían estruendos de caballo.
—Pero, ¡Oscar Emilio qué!, cuestionó con grito destemplado el jefe de policía, presa de la indignación, al tiempo que le propinaba un par de puntapiés en el trasero. "¿No tiene apellidos o acaso lo parieron por la manga de un chaleco? ¿Ah? ¡A ver, conteste!".
—Go… Gon…González.., musitó entre titubeos el detenido, que era virtualmente una aparición con barbas, barnizado con una capa de mugre y con un soplo de hollín, gracias a lo cual el esperpento de su naturaleza no alcanzaba a ser transparente.
—¿Y es que todavía duda de su apellido? ¡Pues, no va más, González-Oscar-Emilio, sépalo de una vez por todas!, espetó el coronel. El teléfono volvió a escucharse en medio del eco de sus pasos que por poco hacían vibrar las paredes del despacho policial. Con las manos entrelazadas y atrás de la cintura, impaciente el uniformado hizo un alto en su deambular por el recinto y volvió a mirar la hora: 8:07.
—¡Se lo dije, González: Cero y van tres!, repitió el oficial, obsesionado con el tema.

Al menos por asociación de ideas, ahora mismo la única presunción de culpa se fundaba en una tercera y más larga exhalación flatulenta del reo, por cuya incontinencia el despacho estaba inmerso en un hedor a mortandad. Por lo menos a juzgar por cuanto devendría sólo minutos después, algo de semejantes proporciones debió percibir el coronel, que entre los suyos cargaba la fama de tener un olfato tan hipersensible, como la de profesar un concepto tan excéntrico y tan repentista sobre la originalidad de las cosas.

—¡Ya verá que esto no es un chiste!, amenazó el oficial, fruncido el ceño. "¡Y mucho menos de aquellos que circulan en los correos de Internet, que son tan poco originales!".
—¡Así, como lo oye, González, usted no va más!, porfió el coronel, "y espero que sea usted consecuente con lo que digo". Volvió el teléfono a interrumpir, y de reflejo los ojos del jefe de policía retornaron sobre las agujas del reloj.
—De veras, este no es un chiste más de Internet. ¡Por sus hijos, créame, González, créame!, repitió el oficial, y sin mediar más argumento procedió a desenfundar su pistola italiana, y por tres veces la descargó contra la cabeza del detenido, tras lo cual el victimario sufrió un fuerte ataque de hilaridad, que lo llevó a tomar asiento.

Ausente Lucy, la secretaria, acto seguido el oficial se puso al frente de la computadora, y a efectos de no olvidar ni siquiera una coma sobre el acontecer de aquella mañana, presuroso comenzó a teclear en caliente la siguiente introducción para una nueva entrada de su blog, que solía escribir desde la perspectiva de la tercera persona:

—¡Cero y van tres!, sentenció el coronel, mientras repetía una rutina de avanzar unos seis pasos y volver sobre ellos en su estrecho despacho de la comandancia de policía del barrio. Desde el suelo, que consistía en una placa de loza oscura y yerta, y sobre la cual yacía esposado y en cuclillas desde hacía dieciocho horas, el detenido apenas blanqueó la mirada para intuir la expresión enervada del oficial.

viernes, 16 de mayo de 2008

El legado de Quarentinha (I) (Fragmento)

“¡Bravo, Estornudo de Chocolate, bravo!”, profirió de repente y con sorna una voz chillona desde el fondo del aula del segundo grado de bachillerato, cuando aún tronaba el fragor de aplausos provocado por la puesta en escena del compañero Hernán Monroy, que hacía su estreno como cantante en el Colegio Carlos Martínez Silva (CMS) de Bogotá.

A cargo del benjamín del curso, Alfredo Arévalo, que de talla y consistencia resultaba tan insignificante como una larva, pero cuya actitud social era una constante acometida de escorpión, pronto aquel señalamiento obraría los efectos de un estigma sobre el futuro inmediato del vocalista en proyecto.

Verdadero mar de pecas sus mejillas, tras aquel episodio en la clase llamada Centro Literario que, más que tratar sobre el tema específico de las letras, consistía en una oportunidad escénica para la exposición de destrezas culturales y artísticas, H. M. ganaría más adelante un protagonismo extravagante entre sus condiscípulos, que a la sazón constituían el karma de la comunidad del barrio Palermo hacia el año 1965.

Frente al fenómeno que hoy pedagogos y expertos en conductas sociales denominan bullying —compulsión que desde temprana edad mueve a ciertos individuos a mortificar al prójimo sólo por verlo atormentado— fue con el devenir de los meses y armado de una paciencia digna de monje budista como H. M. lograría sobreaguar no sólo a las urticantes alusiones a sus pómulos salpicados de chocolate congénito, sino a otras insolencias colegiales de marca mayor.

Con su proverbial estoicismo, pero sobre todo con su chorro de voz, Estornudo de Chocolate fue abriéndose paso por el empedrado camino hacia la cumbre del reconocimiento general. “¡Que cante, que cante!”, llegaría a ser poco después el clamor habitual entre la misma colectividad que lo había coronado su rey de burlas, también apodado Plato de Lentejas y Morrocoyo.

Empero, y como cualquier intérprete de éxito que se respete, H. M. vería por fin llegado el momento de no más estar dispuesto a pagar con canciones el derecho inalienable a la tranquilidad. A expensas de su carácter provinciano y apacible, suficientes habían sido las manifestaciones contra sus lunares, como igualmente suficiente le era ya el prestigio alcanzado en el escenario de la interpretación. Aún así, el alias de Estornudo de Chocolate haría carrera.

A estas alturas de la historia que empezaba a reivindicar al solista como tal, no al hombre, suficientes eran así mismo ejecuciones suyas tan impecables como la de Granada, del compositor mexicano Agustín Lara, para entender que el vilipendiado intérprete no sólo se perfilaba como una promesa del canto, sino, inclusive, como un portento de la lírica.

Aunque faltase el acompañamiento instrumental, carencia superada con creces por la calidad interpretativa de H. R., a la sola entonación de "Granada, tierra soñada por mí…", la horda estudiantil entraba de repente en un silencioso estado de encantamiento y subordinación. “Mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti… Mi cantar… hecho de fantasía… Mi cantar… flor de melancolía que yo te vengo a dar…”. Hechizado y en espera de que la voz ascendiera hasta el límite del pentagrama, aquí el auditorio se desgonzaba en un trance parecido a la hipnosis.

Especie de patrimonio musical de la humanidad, la inspiración del legendario Agustín Lara había catapultado hacia la leyenda a varias gargantas de los años 30 en adelante, como la australiana Dorothy Dodd, los norteamericanos Mario Lanza y Frank Sinatra y el alemán Fritz Wunderlich con la interpretación de su incomparable Granada. No obstante el arrollador surgimiento de la música de la nueva ola, al menos por ahora la versión H. R. de Granada alcanzaba el estatus de himno estudiantil y Estornudo de Chocolate el de cierto ícono de popularidad.

En abierta paradoja con el temple mesurado de quien dio su nombre al plantel, el académico, escritor y diplomático Carlos Martínez Silva, un patriarca del Partido Conservador fallecido en 1903, aquella congregación de adolescentes era sin remedio una sola ventolera. Con la puntualidad del atardecer, una vez el tañido de la campana anunciaba el fin de clases a las cinco menos diez, un viento de escalofrío entre el vecindario campeaba en tres y hasta en cuatro manzanas a la redonda del liceo.

El peor augurio de los moradores estaba fundado particularmente en la rutina de las peleas callejeras, pactadas en clase bajo el imperativo insoslayable de “¡A la salida nos vemos!”. Bajo la presunción de la testosterona en juego y en medio de las explosiones de algarabía escolar, uno tras otro —hasta cuando medio muerto el contendiente vencido mordía el pavimento— dos y tres combates por tarde tenían como tinglado las vías del sector.

En cuanto la ausencia de reglas era la norma, una vez llegados a ciertos niveles de ferocidad, los lances excitaban la devoción bélica de las barras y más aún atizaban el pavor entre los vecinos. Como tantos otros, contra su voluntad y con la derrota pronosticada, varias veces el propio Estornudo de Chocolate debió comparecer a duelo, en circunstancias que no reconocían ni siquiera la condición de ventaja que pudiera privilegiar al matón de la clase sobre el oponente más famélico o más vulnerable.

Bajo semejante clima de agitación discurría aquella temporada escolar, cuando brotó la fiebre nacional por la colección de estampitas para llenar el álbum de las Estrellas del Fútbol Colombiano, alrededor del cual el entorno inmediato, el carácter y talvez el destino de Estornudo de Chocolate habrían de cambiar del cielo a la tierra.

Del mismo modo llamadas monas, caramelos o cromos, las famosas figuritas infestaron como una peste bíblica todos los ámbitos de la adolescencia, hasta llegar prácticamente a confundirse con los ingredientes de la sopa. Las había fácil, regular o difícilmente disponibles en tiendas y farmacias de barrio. Como ocurre con los billetes de mayor denominación, que resultan excluyentes para las mayorías, también, y por estrategias de mercadeo, las estampitas de los jugadores mejor cotizados del campeonato eran, además de escasas, inevitablemente las últimas en salir a circulación y por ende las más costosas.

Aunque apenas se tratara de estudiantes, el factor comercial desencadenó fenómenos de acaparamiento, especulación y monopolio de las láminas por parte de auténticos carteles, conformados por los coleccionistas más avezados, que a menudo eran aquellos elementos más proclives al ocio, pero también a un lucro forzoso que a hurtadillas se esfumaba en juegos de azar, en salones de billar, en algún cine de tercera, en comics, en novelones de vaqueros, en el tabaquismo y en el consumo de cerveza.

La pandemia generada alrededor del álbum de las estrellas provocó que la harina de trigo empezara a escasear en alacenas y cocinas, pues era la materia prima para la fabricación doméstica de un pegante que los abuelos reconocían como engrudo y que los académicos de la lengua definen como “masa comúnmente hecha con harina o almidón que se cuece en agua, y sirve para pegar papeles y otras cosas ligeras”. En verdad, aquella generación no sólo estaba a decenios luz de conocer las bondades autoadhesivas, sino los prodigios de impresión y color que hoy ofrecen las colecciones de la multinacional Pannini.

Salvo por la preeminencia que pudiera derivarse de ser el primero del colegio en llegar a completar el álbum, Hernán Monroy o Estornudo de Chocolate no era ni por casualidad el llamado a intervenir en discusión ninguna sobre fútbol ni en cosa que se pareciera. Junto con la nueva expresión musical, que rompía los esquemas tradicionales a partir del auge de cuerdas y teclados eléctricos, así como de letras irreverentes o nada ortodoxas, era el fútbol la otra pasión de aquella generación, y en ambos casos H. M. constituía excepción a la regla.

Por entonces, y sólo a manera de ilustración o de repaso a la Historia, referentes del año 1965 eran las miles de bajas en la Guerra del Vietnam, el Concilio Vaticano II, la consagración de los Beatles, honrados con la Orden del Imperio Británico; la primera caminata de un hombre en el espacio, a cargo del cosmonauta soviético Alexei Leonov; la tromba de éxito de Julie Andrews como estelar de la comedia musical Mary Poppins, que le valió el Oscar, y el enconado mano a mano entre los dos mejores toreros sobre el planeta, Manuel Benítez, El Cordobés, y Paco Camino, cuyo antagonismo terminaría por dirimirse no salpicado ninguno con sangre de astado, sino con la propia, después de una colosal faena a puño limpio en pleno ruedo.

Aunque por naturaleza remiso a los temas del balón, Estornudo de Chocolate aprendería sobre la mayor o menor relevancia futbolística de los actores del campeonato según la escasez o la abundancia de ciertas estampitas, que era inducida por los vaivenes del mercado mismo. Así, mientras las figuritas de los troncos, apelativo para designar a los futbolistas de menor relieve en el torneo, estaban en todas partes, la obtención de las estampas de unos cuantos astros de la cancha llegó a ser casi una utopía.

Formado un perspicaz criterio en la materia, H. M. llegó a convertirse en fuerte exponente en la agitada bolsa de las láminas. La actividad de venta, reventa, subasta e intercambio de las mismas quedaba manifiesta en decenas de enormes corrillos apostados en los alrededores del CMS, donde por mucho tiempo transeúntes y automotores se enfrentaron a un cuello de botella causado por la ocupación estudiantil del espacio público en la hora pico de la mañana.

A las convencionales formas de mercadear las figuritas surgió una variante bastante singular conocida como túmbilis, voz derivada del verbo tumbar, que en la jerga juvenil traducía despojar a otro mediante el factor sorpresa. El túmbilis era un pacto no exento de sadomasoquismo entre dos o más coleccionistas, que se reservaban el derecho a propinarle un golpe de mano al que entre ellos diera la oportunidad. Por la vía de un manotazo y a la consigna de un estrepitoso "¡túmbilis!", el asalto a quien participaba en las ruedas de negocios solía perpetrarse precisamente cuando las rondas estaban en su punto más candente. Consecuencia de aquella práctica fueron torrenciales lluvias de cromos, capaces de tapizar el suelo, generalmente en favor de la lujuria y la rapacidad de terceros.

Entre las figuritas las había tan repetidas, que inclusive en la realidad del fútbol muchos debieron haber sido los jugadores que por causa de la saturación de su imagen vieron menguado el entusiasmo entre su fanaticada. El zaguero Walter Pulgarín, del Atlético Quindío; el argentino Julio Bricka, del Once Caldas, que actuaba de volante —medio se decía en el argot de entonces— y el atacante Alfonso Culebro Rojas, del Cúcuta Deportivo, hacían parte de aquella lista, que a fuerza de su precario valor de colección pudiera darles la equivalencia de troncos o futbolistas del montón.

En cambio, a la franja de figuritas que oscilaban en la mitad de la escala pertenecían futbolistas de la entraña colectiva, como el guardavallas Senén Mosquera, apodado El Jet por la magnificencia de su vuelo en las situaciones más extremas, y el delantero Delio Maravilla Gamboa, insignias de Millonarios; los argentinos Ricardo Pegnotti, que a menudo deslumbraba como el mejor de la cancha donde a bien lo dispusiera el técnico del Deportivo Cali, y el artillero Omar Lorenzo Devanni, del Santa Fe, cuya enorme reputación goleadora era capaz de robarle el sueño a sus adversarios inclusive con semanas de anticipación.

Como si el foco de la atención general no fueran propiamente las actividades académicas, aquel año lectivo de 1965 transcurría más bien entre el protagonismo de Estornudo de Chocolate por sus notables progresos en el canto, la música de la nueva ola como puntal de la revolución cultural de los años '60, las incidencias del campeonato de fútbol y la ardua puja estudiantil por completar las casi cuatrocientas figuritas del álbum.

Por cierto, a tal extremo había llegado la fama del CMS sobre la miseria en el desempeño de sus pupilos, que incluso la ironía popular circundante al plantel solía comparar el desastre en las notas escolares —se calificaba sobre cinco— con el acierto del Totogol, juego de apuestas dominicales basado en los marcadores de la fecha futbolera, en el cual predominaban el cero, el uno y el dos, y a lo sumo el tres.

Tema recurrente por su protagonismo, el paulatino ascenso de H.M. hacia la popularidad comenzaría a hacer agua, pues venía inevitablemente acompañado de una tendencia bien arraigada en la época, que sin fórmula de juicio consistía en poner en entredicho la orientación sexual de determinados personajes del espectáculo. Así, y en especial por cuenta del público más adulto, ídolos de la TV, el cine y la música resultaron involucrados, desde luego apenas a nivel de mito popular, en una suerte de sospechosos de alardear sobre una masculinidad o femineidad que presuntamente no tenían.

La naturaleza de sus insólitos ritmos, letras, voces, trajes, peinados o despeinados, estilos y coreografías había despertado en la generación mayor —que andaba en sintonía con el bolero, el tango, el cha-cha-cha y con diversos géneros del folclor— la certeza de que aquellos símbolos emergentes marcaban no sólo una pauta hacia la decadencia del arte musical, sino hacia la perversión de las costumbres, incluida la pérdida de la identidad sexual. Mientras las caderas de Elvis Presley y el flequillo y las voces aflautadas de los Beatles suscitaban histeria entre sus públicos y generaban un fenómeno capaz de arrasar toda tradición, en Colombia un amplio sector de la sociedad de los mayores de 35 se mantenía entre el asombro y la controversia, lindantes con el escándalo.

Tales eran el carácter aprehensivo, la fuerza y el poder de penetración del rumor popular en aquellos tiempos, que la presunta naturaleza hemafrodita de una reconocida cantante colombiana llegó a ser vox pópuli, sólo porque en sus presentaciones y en las portadas de sus discos solía aparecer en jeans y no en minifalda. Ocupaba la cima del éxito en el Club del Clan, un espacio de televisión de alta sintonía dedicado a la promoción de las voces nuevas, cuando la víctima de semejante especie fue a templar a México en calidad de refugiada de las lenguas viperinas.

El mismo prejuicio de que alcanzaron a ser objeto, aún a la distancia y a sus espaldas, ídolos como Enrique Guzmán y César Costa, que sin las posibilidades actuales de llegar a sus auditorios hicieron vibrar a la juventud desde México hasta la Patagonia, persiguiría con saña a Estornudo de Chocolate. No obstante la insalvable brecha con los adultos, al menos en el particular caso de H. R., al entender de sus condiscípulos la condición de cantante hacía del muchacho un sujeto susceptible de sospecha sobre su identidad sexual, y con ello a ser determinado como el bicho raro de la fauna estudiantil.

Se conjugaba desde entonces un verbo que hasta hoy no conoce mayores inflexiones: tarrear, que constituía el terror femenino y sobre todo en público, al menos entre las más jóvenes y atractivas. El sinónimo de aquel ejercicio no era otro que el de mandar mano, y que en la práctica se manifestaba en la osadía de tocarles por asalto, lo más despacio, intenso y fuerte posible, la cola a las mujeres. Acción bastante recurrida entre los estudiantes del CMS cuando armaban corrillo en los contornos del liceo, de aquel verbo deriva la clásica tarreada, vocablo que al menos en sociedad aún debe estar proscrito.

En un hecho que de repentino trascendió a la costumbre, sería el propio Estornudo de Chocolate el otro blanco de las tarreadas. Aunque las primeras manos que se deslizaron sobre su trasero desataron de sí la más acalorada reacción, el asunto dejaría de ser enojoso para H.R., según éste parecía ruborizarse poco y resistirse cada vez menos a la insolencia de sus condiscípulos. Con ello fue quedando en firme la convicción general de que el muchacho había llegado ya complacerse con aquella rutina.

Si bien la intensidad de los aplausos nunca declinó después de cada audición de H. M., no menos cierto resultó ser que las sospechas sobre su homosexualidad despertaron ánimos libidinosos en unos y los encendió en otros, hasta darse finalmente por entendido que Estornudo de Chocolate, aún imberbe como vocalista, respondía al prototipo de aquellas voces a las cuales parte de la generación adulta ponía en tela de juicio en cuestiones hormonales.

Rol decisivo en esta coyuntura reclamarían los hermanos López, dos morochos en edad de usar cuchilla Gillette, llegados del puerto de Buenaventura, con habilidades para el fútbol y gusto por la música, que eran de forzosa referencia en el colegio, ya por razones de etnia, ya porque la migración hacia la gran urbe no tenía aún los alcances ni las connotaciones de estos tiempos. En este estado de cosas, y con cierto sentido de lo particular, solía nombrarse el costeño, el paisa, el venezolano o el ecuatoriano, tal cual se designa a alguien por su nombre.

Contra la relajada atmósfera del Carlos Martínez Silva, el resto del universo colegial de la época respondía en general a los inflexibles patrones de un régimen conservadurista, muchos de cuyos reglamentos de disciplina contemplaban severos castigos morales e inclusive físicos, prácticamente desde el aprendizaje de las vocales hasta la víspera de la graduación.

Incluido el CMS, en ciertos centros educativos operaba además la modalidad del alojamiento, conocida como internado, al cual accedían principalmente los educandos venidos de otras regiones del país en busca de mejores horizontes. Aún residieran en la misma localidad, huéspedes de los aposentos estudiantiles eran así mismo aquellos alumnos cuyos padres resolvían que el confinamiento a 365 días era la panacea contra los siete pecados capitales, a saber: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

(Continuará)

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Gajes de un reportero en Año Nuevo

Enero 1º. de 1980. En una de las proverbiales sequías noticiosas del despertar del año, pero también bajo los efectos de una resaca de fuerte connotación eléctrica cuyas descargas sobre el hipotálamo descendían hasta los pies al punto y ritmo de lancetazos —lastre de por lo menos seis semanas de intensa bohemia— el reportero O. W. retornaba a hurtadillas a su puesto en la Sección Judicial de El Tiempo hacia las 8:30 p.m., hora que en días tan lánguidos informativamente equivalía a la media noche de una jornada habitual.

A merced de semejante tempestad en los sentidos, vano resultó el sigilo, pues más pronto que tarde el Jefe de Redacción nocturno lo sorprendería para exigirle con voz perentoria la elaboración de una noticia. En esta excepcional ocasión, inclusive “de una noticia cualquiera”, sin la cual el cierre de la edición resultaba materialmente imposible. Con ese faltante y cuando en tamaña veda informativa aún hasta la frenada de una bicicleta podría prestar mérito para su publicación, a estas alturas de la jornada el reto del periodista consistía en llenar a la velocidad del rayo el cuarto de página pendiente en la Sección Judicial.

En blanco la cuartilla y más aún la inspiración para sortear el desafío, el rastreo del periodista había pasado igualmente en blanco ante la ausencia de sus fuentes habituales en el siempre agitado medio judicial. Los temas recurrentes de su sección —orden público, hechos de narcotráfico, accidentes de tránsito y casos de baranda— aparentemente habían batido un récord de tranquilidad digno de algún monasterio en el Tibet.

“Por elemental lógica, si no ocurrió nada”— sería en circunstancias cotidianas el argumento natural del periodista— “pues, simplemente, no hay nada que decir”. Sin embargo, contra esa lógica no procedían excusas ni apelaciones, pues lo irremediablemente lógico de aquella situación era completar lo más pronto posible la página de marras.

Al menos a golpe de vista y según el recorrido de O. W. a través de solitarios despachos de Policía, comisarías, Medicina Legal, hospitales y estaciones de bomberos, durante la jornada no había caído un solo gramo de droga, como tampoco se había registrado ningún parte sobre riñas, ni de quemados con pólvora, ni la fuga de un preso, ni sobre accidentes de tránsito, ni escaramuzas de orden público. Incluso, ni siquiera habían sido reportados suicidios, tan proclives en la despedida del año.

Planteadas así las cosas, la aparente imperturbabilidad que supuestamente habían ganado seis millones de habitantes en las últimas 24 horas, de manera paradójica aquí la padecía uno de ellos al enfrentarse a las peores consecuencias por el retraso en la edición. Para colmo, y como es característico de la temporada postnavideña, mientras el espacio disponible para las noticias suele ser generoso, la pauta publicitaria es inversamente proporcional.

En últimas, cuanto aquí dictaría el sentido periodístico sería exaltar el significado de un día sin occisos ni heridos en una urbe con índices de violencia y mortalidad tan extremos como los de Bogotá. Por lo tanto, el tema merecería teclearse en algo más de tres cuartillas. Entonces, el mérito del acertijo consistía en sustentar tan sorprendente estado de cosas. Sin embargo —gajes del receso burocrático del comienzo de año— las fuentes de información que acreditaran tan positivo balance no habían aparecido por ningún lado.

Visto el asunto con natural suspicacia, pero también con sentido periodístico, también podría ocurrir que realmente sí se hubiesen registrado hechos noticiosos dignos de ser contados. Empero, en cuanto una cosa podría ser la percepción subjetiva de un día insólitamente apacible y muy otra la ausencia de autoridades para certificarlo, la sensación de tanta tranquilidad en una metrópoli tan violenta bien pudiera resultar un espejismo.

Sobre las 9:30, entre la angustia y el enojo, el Jefe de Redacción de la noche, el responsable del Departamento de Armada y el de la rotativa completaban casi una hora apostados en torno de O. W. en función de aguijonearlo y de reiterarle que por causa de su demora en la entrega del material periodístico, ese gigante de la información —esa especie de Wall Street del acontecer noticioso que es El Tiempo— se mantenía peligrosamente paralizado por un asunto de apariencia relativamente nimia.

Nervioso compulsivo, el reportero apenas lanzaba denuestos contra su suerte, mientras a dos manos se arrancaba jirones de su prolijamente acicalado cabello de plata. Al mismo tiempo, a sus pies la papelera con cuartillas escritas apenas de a media línea, que pronto quedaban reducidas a pelotitas, ya no daba abasto. De veras, ¿qué decir ahora mismo cuando en esencia no había nada que decir, pero cuando, por razones de fuerza mayor y además con el reloj en contra, había que decir siquiera un poco de algo?

Con el agravante de tres recientes amonestaciones de la Oficina de Personal y el preaviso de ser despedido en caso de reincidencia, ahora el protagonista de esta historia se debatía entre la ofuscación y la osadía, la certidumbre y la imaginación, el rigor y la informalidad, la precisión y la vaguedad, entre la aventura y el compromiso, pero sobre todo entre la espada de lo jurídico y la pared de la ética periodística.

El desafío para O. W. consistía, pues, en salir airoso en el manejo de la poco ortodoxa fórmula realidad-fantasía, lo cual implicaba mantenerse en un punto equidistante entre verdad y especulación, pero siempre en la medida en que su relato resultara lo más verosímil posible, que no fuera a ser desmentido y —por si fuera poco— que alcanzara para satisfacer el espacio del cuarto de página en espera. En rigor de aquella época periodística, una eventual desproporción en la mezcla de los ingredientes no sólo podría acarrearle —ahora sí— la pérdida del empleo, sino exponerlo al escarnio público, e incluso a enfrentar conflictos con la Ley.

Frente a lo inexorable —el preaviso, la resaca, la escasez de tiempo, la abundancia de espacio y la carencia de materia prima— unas sesenta bolitas de papel más tarde la máquina de escribir del reportero despedía humo. En efecto, y ahora sí sin pestañear, O. W. se había decidido a capotear la embestida del blanco más blanco en la faena, en la mente y en la hoja, con una pieza del siguiente calibre:

“Al parecer una o varias personas —se ignora si hombres o mujeres, si de ambos géneros, si cuántos del uno y cuántos del otro, si jóvenes y/o adultos, si en episodios aislados o no— fueron o habrían sido detenidas en las primeras o en las últimas horas en algún lugar de Bogotá o en sus alrededores. Los presuntos móviles, así como el paradero del posible o de los posibles implicados, también se desconocen o se desconocerían”.

“La versión —si existe y si tiene carácter oficial o extraoficial, es asunto que al cierre de la presente edición El Tiempo no había confirmado ni descartado de manera parcial ni definitiva— fue o podría haber sido propalada por alguien que prefiere, prefirió, probablemente haya preferido o que preferiría salvaguardar su identidad contra potenciales represalias por parte del posible o de los posibles involucrados en la real o en la presunta acción de las autoridades”.

“Las probables circunstancias en que ocurrió o en las que hubiera podido haber ocurrido la presunta privación de la libertad de una o de varias personas, también es o podría ser que fuera materia por investigar, siempre y cuando, obviamente, se den o llegaren a darse los indicios para poder emprender la pertinente averiguación judicial, si de veras ésta se lleva o pudiese llevarse a efecto”.

“Por lo pronto, y ante la imprecisión y la ambigüedad del caso y en medio de la cierta o de la aparente inconsistencia sobre el verdadero o el presunto origen de esta real o virtual especie, hasta avanzada la noche había sido verdaderamente infructuoso entrar en generalidades al respecto y mucho más —¡o mucho menos!— en sus pormenores, por lo cual el episodio —en el caso de haya o de que pudiera haber ocurrido— de todas formas, y como es o como sería de esperarse, está o estaría de antemano ante la inminencia de permanecer sumido en el más completo misterio”.

“Como se presume o como acaso llegue a presumirse, de resultar cierto que en algún momento alguna una voz, al parecer anónima, dio o habría podido dar cuenta a alguien —se desconoce o se desconocería cómo, por qué, a quién, si hombre o si mujer, adónde y a qué horas— sobre alguna o algunas detenciones, entonces, es o sería de suponer que debe o que debería haber habido —como al menos sobre el papel lo ordena la ley— alguna causa que amerite o que pudiera ameritar la posible acción de las autoridades para disponer sobre la privación de la libertad de quien o de quienes resultaron, resultaren o hubieran podido resultar involucrados —justa, injusta, legal o ilegalmente— es o puede llegar a ser algo que también está o que podría estar por establecerse y que por principio este diario no entra a calificar— en el real o en el supuesto episodio, cuya consumación fue o pudiera haber sido divulgada mediante la especie difundida o talvez difundida”.

“De paso, aquí no sobra o no sobraría tener en cuenta —pues en cierta manera así también puede o pudiera colegirse— que se viole, que se haya violado o que pudiera llegar a estar violándose de manera leve o flagrante el principio universal que contempla el respeto al debido proceso consagrado en el Estado de Derecho: Por ejemplo, que hubo o que hubiese podido haber una o varias detenciones arbitrarias”.

“Sin embargo, en este estricto sentido —es decir, sobre si hubo o no la adecuada interpretación de la Ley, así como el correcto procedimiento de las autoridades para arrestar a la persona o a las personas presuntamente involucradas— tampoco este rotativo pudo establecer absolutamente nada sobre los posibles méritos jurídicos por los cuales dicho o dichos ciudadanos fueron o pudieran llegar a ser sometidos al rigor legal”.

“De todas formas, así como no puede o como no podría descartarse de plano ni de soslayo que se trate o que llegare a tratarse de un simple y llano rumor, tampoco puede, podría o no pudiera aseverarse con mayor o con menor certeza que las versiones cierta o presuntamente difundidas tengan o llegaran a tener realmente un origen fundado y comprobable en hechos de verdad consumados”.

“También existe o pudiera llegar a existir la potencial hipótesis en el sentido de que la captura o las capturas recayeron o puedan haber recaído sobre persona o personas hasta ahora no identificadas. De lo contrario —como es o como sería de imaginar en eventos de naturaleza afín— posiblemente el asunto y su probable o sus probables protagonistas quizá ya hubieran trascendido al natural interés de los medios de comunicación. Sin desconocerse que hay o que pueda haber las excepciones al caso, al menos estadísticamente en Colombia un hecho así —en el claroscuro de la cotidianidad noticiosa— viene, vendría o pudiera ser que viniera a ser relativamente poco novedoso: ¡Casos se han dado!”.

“Suele ocurrir que personajes con un mayor o con un menor rol protagónico en la vida pública —aunque también otros con poca o ninguna preeminencia— llegan a resultar involucrados —desde luego es cuestión que no puede ni debe generalizarse— en problemas con la Justicia y, por razones de la buena imagen y del buen nombre al que tienen derecho, a veces consiguen de las autoridades y hasta de allegados suyos dentro de la misma prensa, que sus casos se mantengan al margen de cualquier protagonismo noticioso, incluso por insignificante que parezca”.

“Ahora, sobre la clase de delito en que incurrieron o en que pudieran haber incurrido el presunto o los presuntos individuos para, segura o probablemente, caer o para haber caído en poder de las autoridades —por supuesto, si en verdad cayó o cayeron— este es, sería o podría llegar a ser otro aspecto por dilucidar a corto, mediano o largo plazo”.

“De hecho, por ley de probabilidades, esas son, serían o podrían serlo entonces, y de manera indefectible, las correspondientes instancias de modo, tiempo y lugar para poder emprender el desarrollo de un proceso investigativo. En otras palabras, aquellos son o pudiera ser que fueran los plazos prudentes para poder ahondar sobre el tema, y al cabo de los cuales sí —cosa tan relativa como circunstancial y aleatoria—poder entonces entrar a referirse con los suficientes o con los pocos elementos de juicio que hay, que habría o que pudiera haber sobre tan complejo particular”.

“Desde luego, para ello es, sería o pudiera resultar que sea tan indispensable como imperativo no sólo investigar a fondo la cuestión —tarea que natural y principalmente compete a las respectivas autoridades— sino tener que aguardar el curso de las próximas horas o de los próximos días, y por qué no, el devenir de semanas o de meses”.

“Es así como en los eventos más extremos —experiencias hay de sobra en los anales de la Justicia colombiana— inclusive hasta puede o podría ser preciso tener que esperar durante años si la presunta situación así lo impone, lo impusiera o lo demandara. Por cierto, y como los hay tantos, en este último caso el aparente o el presunto hecho puede o podría —por qué no— estar bordeando la frontera con la impunidad”.

“Otro ítem de vital importancia que la investigación —si de veras ésta se efectúa o si pudiera llegar a llevarse a cabo— debe, deberá o debería hacer, es sacar en limpio —siempre dentro de la probabilidad de que todo esto tenga o que pudiera tener algún asidero, y que las autoridades así lo consideren o que así lleguen a considerarlo— las posibles circunstancias en que ocurrieron o en que hubieran podido haber ocurrido los ciertos o los presuntos acontecimientos”.

“Así, queda o talvez quedaría por establecerse si los reales o supuestos eventos acaecieron o pudieran haber acaecido en posible flagrancia, si a lo mejor se trata o si pudiera tratarse de un exhaustivo seguimiento hecho a las probables actividades del presunto o de los presuntos responsables de algún posible acto doloso, si fue o si llegara a ser por una aparente delación, si más bien ocurrió o si hubiera podido ocurrir por una entrega voluntaria a la Justicia o —como también suele suceder— si se trató, se trataría o si pudiera tratarse, quizá, de un evento fortuito o de un malentendido que a la postre pudo o que pudiera haberles costado la libertad a dicha o a dichas personas, y de paso —algo también bastante factible, pero no del todo seguro— permitirles a las autoridades, real o supuestamente, cobrarlo o estar dispuestas a hacerlo valer como legítimo o como aparente éxito de su auténtico deber constitucional como tales”.

“Por otra parte, resulta o pudiera ser que resultara total o parcialmente cierto o incierto el que la real o la presunta acción de las autoridades contra una o contra más personas estuvo o pudiera ser que hubiere estado a cargo de alguna en especial o de varias agencias del Estado relacionadas con la seguridad y con la lucha contra el delito, que trabajan o que pudieran llegar a trabajar cada una por su lado”.

“Entonces, aquí se trata o pudiera llegar a tratarse de una simple coincidencia, lo cual, según se le mire o llegara a mirársele, es o pudiera ser que fuera poco o nada relevante. Además, hay o habría que establecer si se trató o si pudiera tratarse de dos o de más de las instituciones especializadas —la cifra también es o pudiera ser toda una incógnita— que operan, que operaron, que operarían o que pudieran llegar a operar de manera coordinada y conjunta, precisamente para potenciar el alcance de sus objetivos”.

“Así mismo, otro de los muchos interrogantes al respecto está, estaría o pudiera llegar a estar relacionado con la identidad del organismo o de los respectivos organismos que cierta o que probablemente fueron o que pudieran haber sido asignados al supuesto caso de la cierta o de la posible detención”.

“Ahora, otra pregunta es o pudiera ser la siguiente: ¿Cómo operaron, cómo habrían podido operar, cómo operarían o, simple y llanamente, cómo habrían hecho o podido hacer para poder operar —y aquí puede, pudiera o podría haber sido que fueran varias las que operaron— las entidades del Estado que llevaron o que hubieren podido haber llevado a cabo la presunta o las presuntas capturas? Tal cual están, estarían o pudiesen llegar a estar planteadas las cosas, esto, obviamente, también está, estaría o pudiera ser que estuviera por confirmarse aún entre las autoridades”.

“Al menos al cierre de la presente edición, en medio de este real o figurado laberinto, también puede o pudiera haber ocurrido —lo cual es o podría ser otra de las múltiples teorías que no está o que no estaría de más considerar, y que bien puede o podría enunciarse dentro del propósito de vislumbrar cualquier luz sobre el particular—, que algún vecino o vecinos en el Distrito Especial o en sus contornos, escuchó o escucharon, hubiese o hubiesen escuchado o creído haber escuchado, ya de primera mano, ya por terceras personas o simplemente de manera vaga y remota, sobre la presunta probabilidad de un posible rumor atinente al eventual o al hipotético caso de uno o de varios ciudadanos que fueron, que serían o que bien pueda que en las próximas horas sean puestos a órdenes de las autoridades en cualquier sitio de la Capital de la República o de la mismísima Sabana de Bogotá”.

“Es así como tan amplia circunscripción supone o bien pudiera hacer suponer la existencia de un radio aproximado de unos 5.000 kilómetros cuadrados, que es el área aproximada del Distrito Especial. Con este dato se tiene o se tendría al menos alguna pista: Y es, nada más ni nada menos, que el perímetro dentro del cual ocurrieron o pudieron haber ocurrido los hechos. Empero, a este propósito, no sobra o no debería sobrar recordar que, aparte de los linderos con el Departamento de Cundinamarca, el Distrito Especial tiene fronteras con los del Huila y del Meta, lo cual, al mismo tiempo, aumenta o podría ser que pudiera aumentar la magnitud de la investigación y del enigma”.

“Por lo pronto, dicha cifra parece o parecería ser no sólo el único dato no tan incierto. Sea como fuera, de todas formas la importancia, mucha, poca o ninguna de este dato, obviamente tiene o tendría que ser evaluada por los expertos, o, en su defecto, descartada, puesto que —al menos a simple vista— no parece o no parecería ser mucho lo que aporta o lo que pudiera llegar a aportar para —quizá— poder emprender una probable investigación, desde luego y por si acaso —nunca se sabe— en el entendido de que verdaderamente haya méritos o de que en un futuro los pueda haber para abrirla”.

“Así mismo, y esto que sigue obviamente apenas puede o podría ser parte de las múltiples e inexorablemente virtuales presunciones que se tejen o que pudieran llegar a estar tejiéndose al respecto: Es decir, puede o podría tratarse de un hecho en verdad real, pero acaso de menor relevancia en eventuales términos jurídicos y noticiosos. En consecuencia, el asunto resulta o podría llegar a ser que resultara poco o nada digno de ningún menester legal, y por ende de ningún propósito periodístico”.

“Por lo tanto, puede o pudiera ser que se trate o que se tratara de un evento que por aparentemente insignificante a lo mejor no merece, no mereció, no merezca o no llegare a merecer la atención de las autoridades. Talvez sólo así se explica o pudiera explicarse por qué el rumor —si lo hubo— sobre la real o la supuesta detención o detenciones, no trascendió o no tendría por qué llegar a trascender a ninguna comisaría, ni a ninguna estación de Policía, y en esa medida tampoco a los medios de comunicación. Sencillamente, porque talvez no hubo o no habría habido ningún episodio doloso y, por simple lógica, ningún motivo ni razón para que hubiera uno o varios detenidos. Aún así, la gran pregunta sobre el particular sigue o podría seguir planteada ”.

“No obstante, también pudo, puede o pudiera ser que se tratase del caso de que uno o que varios ciudadanos hayan sido víctimas de alguien motivado quizá por alguna posible retaliación, de pronto por un equívoco, talvez por simple casualidad, posiblemente por un aparente apresuramiento o ya por el solo prurito de algún denunciante o denunciantes, de querer colaborar con las autoridades en materia de seguridad ciudadana en estos tiempos de incertidumbre y dificultad”.

“Tampoco puede o pudiera llegar a descartarse que el presunto o que los presuntos denunciantes —si todavía los hay o si los hubiera habido y de pronto se hayan retractado— pudiera o pudieran haber estado virtualmente a punto de acusar de algo que en realidad nunca se cometió o, simplemente, de algo que en Ley ni en norma local ninguna está, estaría o pudiera estar contemplado, ni siquiera como contravención mínima. En otras palabras: De algo que a lo mejor no está —o que a lo mejor sí está— tipificado dentro del ordenamiento legal y que, por lo tanto, carece o pudiera llegar a carecer de algún carácter verdaderamente punitivo”.

“Sin embargo, a veces —no siempre, desde luego, y en esto EL TIEMPO prefiere ser lo más cauteloso y riguroso posible o, incluso, abstenerse de informar para no incurrir en juicios a priori— hasta puede haber ciertas y determinadas o simplemente algunas normas elementales que muchas o que unas cuantas autoridades ignoran o pudieran llegar a ignorar a la hora de actuar o de considerar que deben proceder”.

“Para entenderlo mejor: Hay, o puede ser que las haya, autoridades que actúan o que a veces pueden llegar a actuar sin contemplar —ocasional, periódica, regular, habitual o incidentalmente— las consecuencias penales o disciplinarias que una acción irregular suya acarrea o puede llegar a acarrear en su contra. Ejemplo: Por detener arbitrariamente alguien —mas no apenas por estar dispuestas quizá a hacerlo, ni tan sólo por estar escasamente a punto de comenzar siquiera a pensarlo— y sobre todo si se comprueba que actúan bajo leve presunción de un supuesto intento de aparente, potencial o ficticia sospecha —y peor todavía si lo hacen influidas por un remoto amago de lejano rumor nunca manifiesto ni mucho menos jamás probado— o ya si actúan en tercer grado de incierta, teórica o de ninguna presunción, sin importar, en muchos casos —no necesariamente en todos— sobre cuál pueda llegar a ser tentativamente la posible, relativa, eventual o hipotética razón de la virtual sospecha en duda, dentro de la probable, presunta o latente perspectiva de que a lo mejor no haya claros motivos para de pronto poder llegar a no dudar en comenzar a pensar sobre cómo poder llegar a proceder sin vacilar”.

“En fin, dado que un verbo es presumir —porque, aunque no se crea, la presunción tiene sus connotaciones éticas y jurídicas— y otro es afirmar —lo cual, de algún modo semántico, también supone negar, independientemente de si se trata de atestiguar, acusar, comprometer, defender, etc.— sea ésta la oportunidad para que EL TIEMPO se abstenga de entrar en detalles sobre el particular que nos ocupa en estas líneas, y reafirme su compromiso con la verdad, con la opinión pública y con la Democracia”.

“Por las razones anteriormente expuestas y por otras muchas innumerables consideraciones que pudieran hacer tan obvias como fatigantes estas líneas, de todas maneras sobre el presunto hecho que ahora nos ocupa, sólo queda, con toda seguridad —porque sin duda eso es lo único cierto del asunto— una conclusión periodísticamente poco o nada ortodoxa, pero humana y coyunturalmente explicable ante la situación que hoy nos mantiene en vilo periodístico: Y es así como, aún a riesgo de que a muchos les parezca insólita, nuestra deducción consiste — irremediablemente— en que lo más seguro es que quién sabe”.

“Enunciado este dilema, y a la luz de la fe —que en esencia es creer en lo que no vemos y que es todo cuanto finalmente en estas circunstancias nos queda por invocar— sólo cabe decir que, aquí y ahora, es Dios en su omnisciencia el depositario de la verdad exclusiva acerca de lo que pudo o no haber ocurrido realmente importante o intrascendente en las últimas horas en Bogotá y/o sus alrededores, por lo menos en materia judicial”.

Exhausto, aquí O. W. dio por terminada su prolija faena sobre el teclado. Al levantar la vista y enfrentarse a la soledad de aquella horrible noche —lo cual atmosféricamente era en cierta forma como una vivencia en un escenario dispuesto por Alfred Hitchcock— advirtió en la Sala de Redacción un abandono fantasmagórico, sobrecogedor, intimidante.

Por simple reflejo, consultó luego el reloj de la pared contigua a su escritorio, y aún con mayor desconcierto halló con que se trataba de las 11:58 p.m. Entonces, y como si se tratara de un mecanismo automático, los efectos de la resaca se dispararon hasta una especie de punto de ebullición.

Sin embargo, y como por arte de magia, en cuestión de segundos aquella tempestad que se abatía sobre los sentidos amainó hasta brindarle la sensación de una brizna celestial, una suerte de éxtasis, cuando a un costado de la máquina de escribir O. W. descubrió el prodigio de tan intenso teclear: Su enceguecido y maratónico esfuerzo había superado con creces el tope de las tres cuartillas indispensables para resolver el déficit de un cuarto de página en la Sección Judicial.

Con el minúsculo remanente de energías para poder reincorporase, pero valido de su inclaudicable aliento reporteril, O. W. se dispuso por fin a abandonar su módulo de trabajo, donde a lo lejos el piso tapizado por infinidad de bolitas de papel guardaba la apariencia de un alud blanco que le cubría hasta el peroné.

Con aires de misión cumplida, pero sobre todo urgido por la necesidad de enmendar su decaída reputación laboral de las últimas semanas, camino de la Sección de Armada —un piso abajo— a paso de gamo O. W. sorteó orondo pasillos, puertas y escaleras y desafió los fantasmas propios de la resaca y de hora tan avanzada, para hacer entrega de la noticia que la situación reclamaba para ser puesta en marcha la rotativa.

—¡Vea, hermano!, exigió O. W. con vehemencia y la respiración agitada, y además sin ocultar ese desdén que se gastan ciertos candidatos a la revancha cuando la dan por alcanzada. Su interlocutor era el Jefe de Armada que regresaba del locker, ya despojado de su bata azul de trabajo, con cara del deber terminado y con un peine rojo en la mano derecha. “¡Aquí tiene su pinche material!”, espetó el periodista. “¡Ahora sí, pongan a andar esa cosa!”, demandó luego.
—¿Y es que acaso usted no oye ese ruido?, replicó impávido el funcionario de la Armada, que al momento se dirigía al baño de la sección a efectos de la consabida peinada final y de la última micción del día.
—¿Y eso qué tiene que ver?, objetó O. W., a punto de una ráfaga de histeria.
—¡Pero, viejo, tántos años trabajando en El Tiempo!, y usted ¿todavía no reconoce el ruido que produce la rotativa en marcha?

En efecto, el coloso de la impresión del periódico andaba ya por los últimos ejemplares. Y ello, gracias a la oportuna decisión técnica que había ordenado suprimir una de las páginas de la edición para poder agilizar el proceso del tiraje. Por obvias razones, el descarte recayó sobre la tarda y por aquellos días famélica Sección Judicial.

De cualquier manera, el dramático esfuerzo de O. W. no quedó del todo relegado al ostracismo. Esa misma noche, un sigiloso testigo de aquel episodio rescató de la papelera el texto y lo fijó en el “Muro de la Infamia”, como se conocía a la cartelera de la Sala de Redacción. Por un buen tiempo, aquella fue una evidencia concluyente sobre la confrontación desigual de un reportero contra dos de sus más enconados adversarios, pero sobre todo cuando éstos se funden en una de las mezclas más letales para el oficio: la hoja en blanco y el guayabo en negro.

Con su juego de palabras, allí quedó la moraleja periodística, que para los ocasionales visitantes detenidos ante la cartelera podría tener la misma ambigüedad etérea con la que O. W. pretendió sobreponerse a las vicisitudes de aquella jornada. Escrito con el desparpajo de un grafiti, el título acomodado a aquel texto inédito estaba plasmado en grandes caracteres: “Gajes de un Reportero: Entre más blanco, más negro...”.

Pambelé, luz y sombra

CIUDAD DE PANAMA, Octubre 28 de 1972. Minutos después de desatar una tormenta de zurdas y derechazos que hacen poner en pie a quince mil espectadores, entre ellos una veintena de compatriotas, y que llevan al éxtasis a más de diez millones de televidentes en Colombia, Antonio Cervantes Reyes, “Kid Pambelé”, de 27 años, abraza desde su esquina el trofeo al nuevo rey welter júnior de la Asociación Mundial de Boxeo. Por la vía del nocaut en el décimo round, el humilde retador acaba de poner fin al mito de Alfonso “Peppermint” Frazer, de Panamá. Antes de proceder a despegarlo de la lona —donde yace literalmente estampado como una goma de mascar— los asistentes del peleador derrotado reclaman pronta atención médica.

CIUDAD DE PANAMÁ, LA MISMA VELADA. En medio del frenesí de la ocasión, una corte de esas beldades que nunca faltan en la primera fila, encabezadas por una electrizante rubia digna de algún rol en “Guardianes de la Bahía” o de un proyecto de “Play Boy”, se toman por asalto el cuadrilátero del Gimnasio Pueblo Nuevo en busca de este nuevo ícono del boxeo mundial. Con su brillo alucinante, las luces del éxito y de la fama acaban de encenderse para este portento del ring nacido el 23 de diciembre de 1945 en San Basilio de Palenque (Bolívar), un pueblo fundado en el olvido y que gracias a la proeza de Cervantes prácticamente apenas vino a obtener un lugar en el mapa.

BOGOTÁ, NOVIEMBRE 4 DE 1972. Las puertas del Palacio de San Carlos, sede de la Presidencia de la República, se abren de par en par en la bienvenida al héroe consagrado tan sólo una semana atrás, y quien avanza —todavía nervioso y huidizo a las demostraciones de afecto popular— por la calle de honor que comienza con la incontenible multitud rendida a su proeza y que remata en el vestíbulo de la casa de gobierno, donde el revuelo parte de los edecanes que se disputan su autógrafo. Luego, en el despacho del mandatario, Misael Pastrana Borrero, habrá el consabido Himno Nacional, el consabido brindis y las consabidas exaltaciones a este ejemplo de humildad a prueba de todo, incluso del peso de la gloria.

CARTAGENA, junio 10 de 1987. Desde la penumbra de un suburbio del amor, con el rostro y parte de la espalda rociados de hematomas, Francisca de los Milagros Martínez, como amparada por su nombre, logra escabullirse de lo que pudo haber sido su última suerte en el oficio y en la vida misma. En cambio, y de nuevo, el agresor no consigue escapar de la policía, pues ya está contra las cuerdas, que en este caso son sus propias limitaciones mentales y motrices. El detenido es el mismo que ha sembrado el terror en la zona, y quien ahora, tambaleante bajo los reflectores de la televisión y ante los reporteros judiciales, es conducido a la comisaría haciendo la “V” de la victoria a dos manos, como símbolo de su delirio. En los últimos quince años, el episodio es apenas uno más del depuesto monarca del boxeo, ahora sumido en su paradoja de grandeza y tragedia.

BOGOTÁ, mayo 7 de 1995. La andanada de puños, puntapiés y golpes de varilla por parte de un enervado taxista contra el virtual saco de huesos que trata de aferrarse a un poste en la esquina de un sórdido sector y en presencia apenas de un par de transeúntes noctámbulos, envía al suelo a un hombre ya insconsciente, que poco después será reconocido en Medicina Legal como el ciudadano Antonio Cervantes Reyes, el mismo que veintitrés años atrás era el intocable y venerado “Kid Pambelé”.

BOGOTA, diciembre 22 de 1999. En acto estrictamente privado, no obstante la presencia de la televisión en vivo, unos cien comensales de corbata negra, escogidos con el rigor selectivo de las cofradías, escuchan del maestro de ceremonias decir los nombres de los postulados al Deportista Colombiano del Siglo XX. El escenario: La Casa de Nariño, actual recinto del Jefe de la Nación. El anfitrión: Andrés Pastrana Arango —el hijo y a la postre sucesor de quien gobernó entre 1970 y 1974— y que en su adolescencia, y por lo menos en público, fue amigo de Antonio Cervantes. Sin embargo, y al parecer por razones de protocolo o por seguridad escénica, Pambelé no sólo no ha sido invitado a la gala de esta noche, sino que su nombre no figura ni siquiera entre los candidatos finalistas.

A punta de secuencias de contraste como la anterior, que sumarían kilómetros de película, podría rodarse la historia de luz y sombra del más grande púgil de Colombia en todos los tiempos, del mejor del mundo en 1973 a juicio la revista “The Ring” —la Biblia del boxeo— y del mayor exponente habido en la categoría de las 140 libras, según las organizaciones boxísticas. Sin embargo, el homenaje que éstas proyectaban rendirle en Caracas a finales del decenio de los 90 para protocolizar su ingreso al Salón de la Fama en Canastota, Estado de Nueva York, fue postergado en tres ocasiones a la espera de la recuperación de Cervantes, que nunca se produjo, aún a pesar de los esfuerzos de un grupo de médicos en Cuba, que además se ocuparon por devolverle la autoestima. Total, hoy apenas le quedan un prestigio envilecido por el alcohol, la drogadicción y sus brutales secuelas, y la resignación de ser el famoso más olvidado de Colombia.

Tan depurados eran el estilo y la técnica de Antonio Cervantes y tan demoledores su actitud y sus puños —y en esa exacta medida tan predecibles sus triunfos— que los colombianos se malacostumbraron a festejar inclusive mucho antes de que sonara el primer campanazo. A menudo, al filo del cuarto o del quinto asalto, mientras el país ya era una sola fiesta, el retador de turno intentaba prolongar su supervivencia con recursos muchas veces antiestéticos y hasta impopulares, pero igualmente legítimos y ocasionalmente efectivos: El clinch, el cuerpo a cuerpo, la pelea en corto. Y cuando no, el contendor se empeñaba en rotar por todo el cuadrilátero para evitar el castigo. Sólo que, frente a ese señor del nocaut que era el hijo de Palenque, lo que generalmente conseguían los adversarios era alargar su propia agonía.

Humillación y revancha

La velada de coronación de Cervantes aconteció diez meses y dos semanas después de haber sido humillado por el entonces penúltimo campeón mundial, el argentino Nicolino Locche, en el Luna Park de Buenos Aires. Durante las quince vueltas que duró el combate, el defensor del título no hizo otra cosa —a veces apunta de gesticulaciones, a veces a gritos destemplados— que enrostrarle su mayor experiencia y sus lauros a un rival intimidado por lo que significaba el apellido Locche y apocado por la magnitud del escenario, uno de los templos del boxeo mundial.

Hubo pasajes de la pelea en que el campeón desdeñó al colombiano bajando la guardia y lanzándole voces desafiantes. “¿Te atrevés o no?”, proclamaba al día siguiente, 12 de diciembre de 1971, el pie de foto de un diario local, atribuyéndole la frase al púgil argentino y, efectivamente, mostrándolo con los guantes por debajo de la línea del cinturón en desdeñosa pose de concederle ventajas a su oponente. No obstante que el amplio registro gráfico plasmaba todo el desconcierto de Pambelé, manifiesto en ese par de lunas llenas que eran sus ojos dilatados, Locche en su arrogancia no logró tocarle la cara y apenas ganó por decisión.

Golpeado en su autoestima y al mismo tiempo convencido de su potencial boxístico, el triunfo de Cervantes en Panamá sería luego como la continuación de la historia iniciada en Buenos Aires. Sin embargo, había un ingrediente adicional con la suficiente dinamita para rematar la pelea c0mo la remató allí: El recuerdo de las privaciones durante su niñez y adolescencia en Chambacú, que ahora se enfrentaba a las posibilidades de la gloria. Hasta el noveno round, según las tarjetas de los jueces, la pelea pintaba para “Peppermint” Frazer, que sobre el papel era el favorito. Al décimo, según el propio Cervantes, la algarabía del público panameño se apagó de súbito en su conciencia, y a la vez una especie de grito desgarrado surgió desde algún lugar de la memoria: “¡Tienes que matarlo!”. El pasado reclamaba un futuro, y el plazo para alcanzarlo eran contados segundos.

El “¡Vamos, tíralo, tú puedes!”, la reiterada exhortación que su entrenador, “Tabaquito” Sáenz, le hacía desde su esquina, terminó de dosificar el espíritu del colombiano en el empeño por enderezar el rumbo de las acciones. Bastó con que Cervantes lograra acomodar el perfil y el ángulo necesarios de Frazer para acometerlo con una seguidilla de golpes que llevaron al campeón a las cuerdas y luego a una rápida demolición. El camino a la victoria había pasado por el orgullo herido, la impaciencia, el desespero y finalmente por la convicción de su verdadero potencial boxístico. Aquel sábado Colombia tenía su primer campeón mundial de boxeo.

La primera defensa, ante el puertorriqueño Josué Márquez, el 16 de febrero de 1973 en San Juan, terminó por decisión a favor de Cervantes. El siguiente en la fila de retadores dio lugar a uno de los pleitos más esperados de la época: Nicolino Locche hacía su reservación para el 17 de marzo en Maracay (Venezuela), donde ya no habría margen para los lujos del argentino, pues en soberbia exhibición Pambelé lo mandaba a dormir en el décimo asalto. Frazer pidió un chance para el 19 de mayo en la misma Panamá, pero no pasó del quinto. Como ningún otro campeón, a ese ritmo el soberano de los welter júniors defendía el cetro con asombrosa puntualidad mensual.

Dispuesto a vengar la suerte de Locche, el 8 de septiembre del mismo año en Bogotá, otro argentino, Carlos María Giménez, dio el paso al frente pero al round número cinco el sureño mordió la lona. Con una de las peleas más bravas en su carrera, Pambelé cerró con estruendoso éxito la campaña del 73, al vencer por decisión al indómito japonés Lyon Furuyama el 5 de diciembre en Ciudad de Panamá, plaza que adoptó al campeón.

A la manera como los fulminaba, rivales como el surcoreano Chang-Kill Lee o el japonés Sinchi Kadota, íconos de verdadera ferocidad, pasaron a ser sólo una cifra en la brillante estadística de Pambelé. Desde su primer intento por el título, diciembre 11 de 1971, hasta su despedida, agosto 2 de 1980, Cervantes ganó 18 peleas —12 de ellas por nocaut— y perdió tres, incluida, por supuesto, la primera de todas, ante Locche. Su reinado de casi ocho años apenas se vio interrumpido por el puertorriqueño Wilfredo Benítez, quien dio la sorpresa al vencerlo por decisión el 6 de marzo de 1976 en la capital boricua. Vacante luego el trono, Cervantes lo recuperó al noquear por segunda vez al argentino Carlos María Giménez, esta vez en Maracay, Venezuela, el 25 de junio de 1977.

A pesar de ser un boxeador excepcional y de su enorme ventaja sobre el resto de la división welter júnior, el ocaso de Pambelé se insinuaba desde mucho antes de enfrentar al norteamericano Aarón Pryor. Excesos en su vida privada, escándalos y diferencias con sus apoderados, precipitaron el conteo regresivo hacia el adiós. Al cuarto asalto y ante el estupor de propios y extraños, el coloso se desplomaba como un autómata cuyos circuitos vitales se han fundido. De esa forma, en aquella tarde plomiza de Cincinatti, sábado 2 de agosto 1980, el boxeo despidió a una de sus leyendas más grandes.

Pocos eventos y protagonistas de la vida colombiana aglutinaron por tanto tiempo y de tal manera el sentimiento popular como lo hacía Antonio Cervantes. Contrario a otros ídolos, su carisma no radicaba propiamente en la efusividad, ni en la calidez, ni en demostraciones afines. Nunca hizo ostentación de alzar a los niños ni de besar a las reinas, ni de aparecer en la Teletón, pues su verdadero poder de convocatoria estaba en la sencillez, en la humildad, en el talante austero, en la perseverancia, en la fantasía de su boxeo. Y sobre todo, en lo que representaba cada golpe y cada victoria suya para la autoestima nacional, logros que en su momento sirvieron para mitigar las frustraciones del país.

El fantasma de Pambelé

En el proceso de deterioro de Pambelé resulta inevitable admitir ese refrán del Caribe de “sube como palma y cae como coco”, según el cual el destino suele pasarles la cuenta de cobro a quienes desafían las contraindicaciones del éxito. Aunque no sirve de consuelo, en tal sentido la historia del boxeo es particularmente un frondoso morichal, del que “Kid Pambelé” es sin duda, y a despecho de la generación que lo aclamó, uno de los cocoteros más caracterizados. Para decirlo propiamente en términos boxísticos, a este escalafón pertenecen, entre infinidad de noqueadores inolvidables, el venezolano Alfredo Marcano, el norteamericano Sonny Liston, el puertorriqueño Esteban de Jesús, los argentinos Oscar “Ringo” Bonavena, Víctor Galíndez y Carlos Monzón, todos ellos, incluso, desaparecidos fatalmente después de un ocaso similar.

Treinta años después de su consagración y a más de quince de haber tocado fondo, pretender una cita con Pambelé requiere la suerte de la lotería o, por decirlo de una manera extravagante, de facultades paranormales para poder localizarlo. En efecto, la frecuencia misma con que aparece y desaparece de modo fantasmal casi haría creer que el depuesto rey de los welter júniors existe apenas de manera virtual. Testigos diversos suelen verlo en las circunstancias más disímiles y en los lugares de Colombia más improbables entre sí, en términos no mayores de doce o de 24 horas.

“Él siempre se las arregla para viajar, en parte porque todavía hay gente que lo reconoce y que lo ayuda”, explica un transportador de carga cuyo trayecto más habitual discurre entre Antioquia y Bogotá, y ocasionalmente se extiende hasta las tierras del Eje Cafetero. “Alguna vez”, relata la misma fuente, “me hallaba en las afueras de Pereira en medio de una enorme congestión de tránsito. Y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que allí estaba Pambelé abriéndose paso por entre los vehículos y subastando, hasta donde le alcanzaban los pulmones, su cinturón de campeón mundial. No sé si comprárselo hubiera resultado un falta de respeto o si, dadas las circunstancias, esta habría sido la única oportunidad para hacerme a una verdadera reliquia. Por ahora sólo recuerdo que mientras algunos le daban una voz de aliento, otros le daban monedas”.

Al menos en términos de la vida pública, Cervantes podrá desaparecer de la vista, pero jamás del afecto nacional. Sólo que hoy, por los motivos que lo aquejan, ya no irradia el poder magnético de sus días de esplendor. Más bien, su presencia —regularmente por asalto— genera un efecto de choque con la imagen del hombre inquebrantable y apacible de otros tiempos. Es así como, por ejemplo, una embestida suya contra un grupo colegialas, un altercado de veinte pisos porque los servicios de seguridad le niegan el ingreso a un hotel, o la intervención de la policía para ponerlo a salvo de un protagonismo ignominioso sobre el ruedo de la Plaza de Santamaría en plena temporada taurina, anuncian que el ex-campeón está de visita en Bogotá.

Aunque a lo largo de su drama muchas manos se han extendido para sacarlo del foso de la drogadicción y para brindarle posibilidades de supervivencia, también es cierto que en su tragedia no se salvó ni de la ironía popular. Es así como a causa de su locura y de su desesperanza, algún ocioso puso en circulación una máxima que haría sonrojar al mismísimo Perogrullo y que le fue atribuida a Pambelé: “Es mejor ser rico que ser pobre”, consignaba con inexplicable saña un graffiti trazado sobre una céntrica pared de Bogotá. Si tan famoso disparate —que incluso llegó a ser comercializado en forma de llaveros, autoadhesivos, afiches y hasta en el nombre de una película— produjera regalías, con toda seguridad Cervantes ya tendría con creces el porvenir asegurado.

Adiós a la añoranza

A efectos de una entrevista de oportunidad, el encuentro con Pambelé surge en los alrededores del quiosco de un prestigioso hotel internacional sobre las playas de Bocagrande en Cartagena, donde su silueta paulatinamente enflaquecida se confunde entre el hervidero de vendedores que asedian a los visitantes con toda suerte de artesanías derivadas del mar, gafas deportivas, aceites para mitigar el sol, masajes y fórmulas afrodisíacas. Por un instante, ahora mismo la idea de recordarlo en la cima del éxito se desgaja precisamente como un coco al verlo deambular sobre la arena bajo la alucinación terminal de quien ha perdido el combate más importante de su vida: El de la cordura.

Abordar al Pambelé de hoy supone la tarea de lidiar con un interlocutor al que más bien habría que abonarle sus esporádicos accesos de lucidez y de concentración. Porque con la misma facilidad con que se interna en el pasado más remoto, su atención regresa a tumbos a la playa para detenerse en el saludo proveniente de un viejo vendedor de langostino o en la tentación que en sus trajes de hilo dental resulta de dos despampanantes hembras color canela desgonzadas sobre la arena que a lo mejor desdeñaron el atiborrado verano de Marbella o de la Riviera francesa para rendirse ahora al embrujo del Caribe furtivo.

No obstante que al momento el mercurio se ha disparado a los 38 grados, detalle bastante singular en la presentación personal del viejo ídolo es una infaltable corbata sin época, cuidadosamente anudada, y talvez la única en varios kilómetros a la redonda. Ahora más que nunca, la prenda parece tener para Cervantes si no un significado de elegancia, por lo menos el del último vestigio de dignidad.

—En las buenas y en las malas, usted casi nunca abandona la corbata. Ni siquiera en los climas más cálidos: Cartagena, Barranquilla, La Habana...
—Eso es parte de la imagen, mi hermano.
—¿De veras? ¿Cuida tánto la imagen?
—¡Hombre, quién no la cuida! Y la corbata es parte.
—Pero, en su caso...
—Bueno, la imagen se cuida hasta donde alcanza el presupuesto. Y bien que mal, es lo que finalmente nos queda para mostrarles a los demás.
—¿Y desde cuándo la importancia de la corbata?
—Desde la noche en Ciudad de Panamá, cuando le gané a Frazer. Fuimos a celebrar a un restaurante muy refinado y terminamos en un elegante casino. En ambos sitios exigían la corbata. Además, con el tiempo tendría que vérmelas constantemente con gente importante: Presidentes, diplomáticos, toreros, famosos, gente bien, ¿me entiendes?
—¿Y de dónde tantas corbatas?
—¿Sabes? No tengo la fórmula, ¡pero de algún lado salen! Eso ni lo dude. Para eso no faltan los amigos.
—Después del retiro, ¿cuántas oportunidades de recuperarse ha tenido?
—Antes y después, creo que todas, dice Pambelé, desposeído hasta del poder de añorar, mientras se ajusta constantemente el nudo de la corbata.
—A estas alturas, ¿qué piensa del futuro?
—De eso me hablaron siempre: ‘El Futuro‘. ‘Usted tiene futuro’. ‘Usted es campeón para rato’. A lo mejor el futuro ya pasó de largo. No lo vi ni de lejos. O talvez eso era apenas un halago.
—¿De quién?
—¡De tanta gente! De los apoderados, de los periodistas, de los amigos, de las mujeres... Pierdo la cuenta. Muchos me adularon, derroché para ellos. Hoy ni se acuerdan de mí.
—¿Y el presente?
—Es lo único claro y cierto. Tú preguntas y yo respondo. Eso es el presente.
—¿Y el pasado?
—Eso fueron setenta y nueve peleas profesionales, sesenta y seis ganadas, doce derrotas y un empate. Creo que suficiente para decir que hicimos Historia.
—Después de todo, ¿no hubiera sido mejor no haber llegado tan alto?
—Imposible saberlo. Desde que nacemos estamos mirando para arriba.
—¿La vida le debe algo?
—Creo que me lo dio todo y me lo gasté. Inclusive, le salgo a deber.
—¿Tiene rencores?
—Ninguno. De pronto hasta rabia, pero ya eso pasó. Sentí rabia cuando mi apoderado, Ramiro Machado, y su gente me hicieron a un lado después de tantos años de explotarme. También la sentí cuando perdí con Wilfredo Benítez en San Juan de Puerto Rico (marzo 6 de 1976). La decisión de los jueces me arrebató el título. Lloré de bronca, pero lo reconquisté por nocaut ante el argentino José María Giménez (Maracaibo, Venezuela, junio 25 de 1977).
—¿El rival más bravo?
—Dos japoneses. Furuyama y Kadota.
—¿Cómo recuerda la pérdida definitiva del campeonato (por nocaut, agosto 2 de 1980 en Cincinatti) ante Aaron Pryor?
—Apenas hoy pienso que eso tenía que llegar algún día. Antes no. Pero en el momento mismo no lo podía creer. Y sobre todo después de haber derribado a Pryor en el primer round. El hombre sacó fuerzas de donde no las tenía y me apuró. Y yo no estaba acostumbrado a que me apuraran. Eso le dio más bríos a él y me los quitó a mí. La sorpresa fue tánta, que no pude ni pararme en el cuarto asalto. Fue la sentada más larga de mi vida. Pero si yo hubiera llegado mejor preparado, esa no era aún la fecha.
—¿Y después?
—Bueno, ahí se cayó definitivamente el mundo. La estantería, que llamamos.
—¿Y no intentó levantarlo?
—Eso tendríamos que haberlo hecho entre más de uno, y yo ya estaba solo y sin fuerzas.
—¿Reconoce como cierto eso de “cuánto tienes, cuánto vales”?
—Tú lo dices, hermano. Hoy lo tienes todo y lo eres todo. Todo lo puedes y además lo puedes ya. Es como una varita mágica. Por ejemplo, cuando alcancé la fama, mi pueblo, San Basilio de Palenque, apenas conoció la luz eléctrica. De lo contrario, hoy todavía se alumbraría con velas.
—¿Volvería a Cuba para otro tratamiento contra la adicción?
—¡Ah, encantado! Si no, pregúntele a Maradona.
—¿Lo mejor de la vida?
—¡Ay, mi hermano, ante todo, tenerla!
—¿Y el resto?
—Aprovecharla al máximo, ¿no?
—¿Sí la aprovecha?
—En lo posible. Siempre pienso que “después de esta vida no hay otra oportunidad”. A la manera de Caballo Viejo. ¿Te sabes, chico, esa canción?

Hasta nueva ocasión, aquí la entrevista se interrumpe cuando desde el quiosco un turista lo reconoce y, copa en mano, lo exhorta a un brindis: “¡Por ti, viejo Pambe!”. Seca la garganta, y entre la nostalgia y el orgullo, Cervantes apenas se limita a hacer una parodia de brindis, que parece proyectarse más arriba de las palmeras que lo cobijan: Hacia el cielo del Caribe.